Una postal es una tarjeta que puede viajar sin sobre. Muchas tienen una imagen por un lado y un espacio para escribir por el otro. El mensaje puede ser muy corto, pero la dirección necesita más atención. Después de escribir, la postal empieza un viaje que casi nunca vemos.
Si tú envías la postal, eres el remitente. La persona que la recibe es el destinatario. Escribe su nombre y su dirección con letra clara. Normalmente hacen falta la calle, el número, el código postal y la localidad. Para un envío internacional, añade el país. Revisa estos datos antes de continuar.
Después necesitas pagar el envío. Un sello pegado a la tarjeta sirve para mostrar ese pago. El precio y las condiciones cambian según el servicio postal y el destino. Si tienes dudas, puedes llevar la postal a una oficina de correos y preguntar qué sello necesitas y dónde colocarlo.
Con la postal preparada, puedes entregarla en la oficina. En algunos lugares, también puedes echarla en un buzón de correos. El personal recoge el correo y lo lleva a un centro de correos. Allí las tarjetas y las cartas se separan según su destino. En muchos servicios, las máquinas ayudan en esta tarea.
También puede aparecer una marca de tinta sobre el sello. Esa marca se llama matasellos e indica que el sello ya se ha utilizado. Luego la postal viaja con otros envíos. Según la ruta, puede ir en distintos vehículos y pasar por más de un centro antes de llegar a la zona del destinatario.
Al final, el personal de reparto la lleva a la dirección escrita en la tarjeta. El tiempo de entrega depende del recorrido y del servicio. Cuando el destinatario encuentra la postal en su buzón, ve la imagen, el mensaje y el sello. Una tarjeta pequeña ha pasado por muchas manos para llegar hasta allí.