El domingo, Pablo llevó su bicicleta a una fiesta del barrio. En una cancha cerrada, sus vecinos prepararon una carrera muy corta. Dibujaron con tiza tres carriles: un camino recto para cada bicicleta. Cada carril tenía una línea de salida y otra de llegada. Pablo miró la distancia y pensó que iba a ganar fácilmente.
Entonces, una vecina explicó las reglas. Cada persona tenía que avanzar por su carril sin parar y sin poner los pies en el suelo. Pero había una diferencia importante: ganaba la última persona en llegar al final. No era una prueba de velocidad, sino de equilibrio.
Pablo no conocía este juego. Su amiga Marta le recomendó practicar primero. Los dos se pusieron el casco y dieron una vuelta por la cancha. Ir despacio parecía fácil, pero Pablo puso un pie en el suelo dos veces. Marta le explicó que tenía que mirar hacia delante y seguir moviendo los pedales.
Después empezó la carrera. Pablo, Marta y otro vecino, Iván, salieron juntos. Pablo fue el primero en llegar al final. Sus amigos lo aplaudieron, pero él no levantó los brazos. Esta vez, llegar primero no era una buena noticia.
Desde la meta, Pablo animó a los otros dos. Iván avanzaba muy despacio. Marta también iba despacio, pero su bicicleta pasó la línea unos segundos antes que la de Iván. Los tres lograron terminar sin apoyar los pies en el suelo.
La vecina entregó el premio a Iván: una pequeña figura de una tortuga. Pablo se acercó para verla. Después pidió otra oportunidad y volvió a la salida con sus amigos. Ahora todos sabían su plan: llegar el último. Por una vez, Pablo no tenía ninguna prisa.