Elena trabaja en una pequeña radio de barrio. Cada viernes prepara un juego para sus oyentes. Graba un sonido en la calle y la gente intenta descubrir el lugar. Esta semana quiere grabar el mercado.
El jueves llega temprano con su teléfono. Todavía hay pocas personas. Cerca de la entrada, un vendedor abre cajas de naranjas. Más lejos, una mujer coloca platos sobre una mesa. Elena escucha y busca un sonido fácil de reconocer.
Elige el puesto de Joaquín, que vende aceitunas. Allí las cucharas golpean los recipientes y las bolsas hacen ruido. Elena le explica el juego. Él acepta y sigue trabajando. Durante un minuto, ella graba sin hablar.
En la radio, Elena escucha la grabación. Primero se oyen las cucharas. Después, la voz de Joaquín anuncia el precio de las aceitunas. Al final dice también el nombre del mercado y la dirección completa. Elena para la grabación y se ríe. Con tanta información, el juego va a ser muy corto.
Vuelve al puesto para grabar otra vez. Joaquín promete no decir nada. Sin embargo, una clienta pregunta cuánto cuestan las aceitunas. Él mira el teléfono, mira a la clienta y muestra el precio con los dedos. La mujer cree que quiere cinco bolsas.
Elena decide cambiar el juego. El viernes pone la primera grabación y pregunta cuántos sonidos diferentes se oyen antes del anuncio. Llegan respuestas sobre las cucharas, las bolsas, los platos y una bicicleta.
Joaquín llama al final del programa. No quiere participar. Quiere explicar que el precio del jueves era una oferta y que ya ha terminado. Elena cierra los ojos un segundo y acerca el teléfono al micrófono.